sábado, 5 de diciembre de 2009

El Mexicano Universal - Alfonso Reyes


El Mexicano Universal

Alfonso Reyes Ochoa

(1889, Monterrey – 1959, Ciudad de México)


El escritor, poeta y diplomático, Alfonso Reyes Ochoa, nació en Monterrey, Nuevo León, el 17 de mayo de 1889. Convence como crítico literario, creador de teorías para el conocimiento del lenguaje; filósofo de la lengua y de la vida, cuentista y dramaturgo. Sus padres fueron el general Bernardo Reyes y Aurelia Ochoa. Su padre ocupó importantes cargos durante el gobierno de Porfirio Díaz. Participó en el golpe de estado en contra del presidente Francisco I. Madero en 1913, conocida como la Decena Trágica, en la cual fue asesinado.

Alfonso Reyes realizó sus estudios en el Colegio Civil de Nuevo León y los terminó en el Liceo Francés de la Ciudad de México. Se inscribió después en la Facultad de Derecho, donde obtuvo el título profesional de abogado el 16 de julio de 1913.

Reyes ha sido llamado El Mexicano Universal por su monumental obra literaria, para orgullo de la patria, pero también por sus numerosas estancias en el extranjero. Muchos admiran su capacidad intelectual y su fecundidad en multiformes campos de la literatura.[1] Su obra se compone de ensayos, poemas, cuentos, piezas de teatro, crónicas y cartas. La experiencia literaria es, uno de sus libros más estudiados. También destacan Visión de Anáhuac (1917), Los trabajos y los días (1934) y Estudios helénicos (1957).[2]

Sus relatos autobiográficos, algunos en prosa y otros en verso, levantan un monumento literario a Monterrey, su ciudad natal, en la que muestra el amor a su tierra,

Monterrey de las montañas / tú que estás al par del río / fábrica de las fronteras / tan mi lugar nativo / que no sé cómo no añado / tu nombre en el nombre mío.[3]

En 1909 Reyes conoció a Pedro Henríquez Ureña, Antonio Caso y José Vasconcelos, y juntos formaron el Ateneo de la Juventud. Este grupo se organizó para leer y discutir a los clásicos griegos, hacer reflexiones sobre la literatura y la filosofía universal, así como llevar a cabo una importante labor de difusión cultural. De gran relevancia fue la crítica que hicieron al positivismo y al desarrollo que tuvo en México mientras el país fue gobernado por Porfirio Díaz. Provocaron una verdadera revolución cultural en el país.

En 1910, cuando tenía 21 años de edad, publicó su primer libro Cuestiones Estéticas. Se trata de una serie de ensayos de lúcida inteligencia que no puede escapar a la sensibilidad del poeta para hilar la sencilla relación de los seres y las cosas que, sin embargo, el propio ser humano ha convertido en una relación sumamente compleja y de grandes contrastes.[4]

En 1912 fue secretario de la Escuela Nacional de Altos Estudios, antecedente de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Allí fundó la cátedra de historia de la lengua y literatura española. Inmediatamente en 1913 fue nombrado parte de la Legación de México en Francia, así viajó a París con un cargo diplomático. De esta primera estancia en París dice Reyes que fue provechoso, pero lo calificó, más bien, de provechoso desconcierto. “Sus primeros pasos en tierra extraña, ni siquiera disfrutaba libremente los placeres del turista sino que se convirtió prácticamente en un mecanógrafo de categoría”.[5] Durante el año que permanece en la capital francesa escribe artículos y páginas que se publican en diversas revistas de Europa y de América. Mantiene contacto postal con Pedro Henríquez Ureña, quien se convierte en su mejor maestro a distancia y éste tiene cierto agrado por sus artículos. Le menciona que descuida el modo de escribir, siendo necesario releer, corregir y rehacer.

En 1920 fue nombrado segundo secretario de la Legación de México en Madrid, y de 1924 a 1939, vive como diplomático en Francia, Argentina y Brasil. No es exagerar decir que se convirtió en una figura esencial del continente hispánico, como lo atestigua el propio Jorge Luis Borges. Este gran escritor argentino consideraba a Alfonso Reyes como "el mejor prosista de habla hispana de todos los tiempos".[6] Ellos dos eran grandes amigos.

En 1945 obtuvo el Premio Nacional de Literatura en México, y en 1949 Gabriela Mistral propone a Reyes para que se le otorgue el Premio Nobel de Literatura, pero el movimiento nacionalista mexicano, muy fuerte en ese momento, obstruye la candidatura para su gusto, diciendo que Reyes escribe mucho de los griegos y muy poco de los aztecas.

Alfonso Reyes se puede ver como un genio del ensayo, género que denominó como “el centauro de los géneros, donde hay de todo y cabe todo”.[7]

Entre sus ensayos se cuentan Cuestiones gongorinas (1927), Simpatías y diferencias (ensayos, 1921-1926), Homilía por la cultura (1938), Capítulos de literatura española (1939 y 1945) y Letras de la Nueva España (1948).

Hacia 1939 Reyes se instaló definitivamente en México. El maestro de la lengua, de 1939 a 1950, estuvo en la cumbre de su madurez intelectual y escribió una larga serie de libros sobre temas clásicos, como La antigua retórica y Última Tule (1942), El deslinde (1944), La crítica en la edad ateniense (1945) y Junta de sombras (1949). También escribió sobre problemas mexicanos y americanos y otros temas muy variados: Tentativas y orientaciones (1944), Norte y Sur (1945), La X en la frente y Marginalia (1952). Entre sus traducciones se encuentra parte de la Ilíada de Homero, en 1951.

El escritor presidió la Casa de España en México, convertida más tarde en El Colegio de México. Fue Miembro Fundador de El Colegio Nacional y al lado de su amigo Jules Romains, refugiado en México para escapar del nazismo, fundó el Instituto Francés de América Latina (IFAL). Ayudó a jóvenes escritores, entre los que se cuenta Octavio Paz, quien dijo, "el amor de Reyes al lenguaje, a sus problemas y sus misterios, es algo más que un ejemplo: es un milagro."[8]

El 27 de diciembre de 1959 Alfonso Reyes murió en la ciudad de México, víctima de una afección cardíaca.

La figura de Reyes amparó a todos los escritores mexicanos de la segunda mitad del siglo XX no sólo por la profundidad de ideas, sino también por su solidez moral. Quizá el mejor Reyes es el de los ensayos, escritos con una gran economía de medios y erudición clara y precisa, lo que lo ha convertido sin discusión en el paradigma de la ensayística latinoamericana y en el maestro de México.

Sus ensayos hablan sobre las cuestiones de la vida cotidiana hasta cuestiones de lo metafísico, en los que busca lecciones que nos hagan entender el presente o el futuro. Y nos enriquezca en su paso por la terrenal existencia, cuyo objeto puede ser tan sencillo como el vivir plenamente las experiencias, así dice Reyes.

y me preguntaba yo, en suma, si el objeto inmediato de nuestra existencia no sería, simple y sencillamente, ir creando un pozo de recuerdos, un tesoro de figuras, imágenes, palabras y espectros de acciones acumuladas por la experiencia, por las vivencias anteriores como ahora decimos.[9]

Uno de sus cuentos más impresionantes es La cena, escrito en 1912. Vale la pena leer y releer este cuento, para encontrar todos los detalles escondidos entre cada línea.  Al principio del cuento el narrador recibe una misteriosa invitación de dos señoras desconocidas: Doña Magdalena y su hija Amalia. Al sonar las nueve horas, se encuentra a la puerta de su casa. Nunca van a llegar a explicar el propósito de la invitación. Pasan al jardín, que resulta ser “un jardincillo breve y artificial, como el de un camposanto”[10], en la oscuridad se ven las “flores que muerden y flores que besan”[11]. El narrador, que se llama Alfonso, igual que el autor, se queda dormido. Cuando Alfonso se despierta, escucha a las dos mujeres hablando de un “pobre capitán”[12] que “lleno de ilusiones marchó a Europa”[13], al hacer estudios en una fábrica de cañones perdió la vista en una explosión. Después las mujeres trasladaron a Alfonso a la sala y le mostraron el retrato del capitán con el que se ve a sí mismo como un reflejo caricaturesco. Además, nota que el retrato está firmado con la misma letra de su invitación. Después huye a su casa, donde llega cuando aún suenan las nueve campanadas del reloj. La  última frase del cuento dice, “sobre mi cabeza había hojas; en mi ojal, una florecilla modesta que yo no corté“[14].

Desde el principio del cuento todo el ambiente es como un sueño, más bien, una pesadilla: Alfonso está corriendo en calles pobladas de “serpientes de focos eléctricos”[15] que “bailaban delante de mis ojos”[16] y de relojes en los torres que “me espiaban, congestionados de luz”[17]. Encuentra a las dos mujeres, como fantasmas, visibles más bien como siluetas o sombras vestidas de negro. Además el narrador tiene la sensación de un déja vu, “corría frenéticamente, mientras recordaba haber corrido a igual hora por aquel sitio y con un anhelo semejante”[18]. Este hecho era similar con el momento de la repetición de las campanadas del reloj sonando las nueve horas, al principio y al final de la historia.

Las indicaciones autobiográficas son inconfundibles. El padre de Alfonso Reyes, quien fue general durante el Porfiriato, fue mandado a Europa, desde 1909 hasta 1911, para estudiar asuntos militares, y pierde allá la vista de su ojo izquierdo. Con esta perspectiva biográfica, podemos ver en el misterioso capitán del cuento La cena reflejos simbólicos de la figura de Bernardo Reyes. Además el narrador, Alfonso, se reconoce a sí mismo mirando el retrato del capitán.

El jardín que parece un camposanto, las mujeres vestidas de negro y la flor en su ojal que él no cortó, son elementos que indican un encuentro con la muerte, y estos pueden funcionar como una analogía con la muerte del padre de autor. También sería posible que el mismo narrador ha muerto en el jardín, y se despierta como un fantasma, corriendo por las calles otra vez, sin haber pasado cierto tiempo, y el ambiente está preparado como el de un entierro.

El cuento se puede ver como un precursor del surrealismo, con sus elementos de sueño, pero también se encuentran indicaciones del realismo mágico. Éste tiene el interés de mostrar lo irreal o extraño como algo cotidiano y común. Por ejemplo, el hecho de que el narrador se duerma durante su estancia en la casa de las dos mujeres, que ni siquiera conoce, es muy poco realista, pero está contado como algo normal y real. Así se funden las dos corrientes, la realidad y el sueño; la vida cotidiana y lo irreal.

El Mexicano Universal tuvo un gran espectro en su obra y su vida, mismo que continua hoy en día. Aun es el mexicano que ama su procedencia y que muestra en sus letras el poder del raciocinio con el que cambia la incertidumbre de su contexto. Determinó un complejo sistema literario al que actuales escritores han recurrido para abastecer las diversas poéticas que han cubierto a México hasta nuestros días,

La raíz profunda, inconsciente e involuntaria, está en mi ser mexicano: es un hecho y no una virtud. No sólo ha sido causa de alegrías, sino también de sangrientas lágrimas. No necesito invocarlo en cada página para halago de necios, ni me place descontar con el fraude patriótico el pago de mi modesta obra. Sin esfuerzo mío y sin mérito propio, ello se revela en todos mis libros y empapa como humedad vegetativa todos mis pensamientos. Ello se cuida solo. Por mi parte, no deseo el peso de ninguna tradición limitada. La herencia universal es mía por derecho de amor y por afán de estudio y trabajo, únicos títulos auténticos.[19]

Hablar de Alfonso Reyes es persuadir a la realidad, trascenderla. Es trastocar elementos imaginativos en una enredadera de la visión. Esto determina que la creatividad del hombre no radica en las conjeturas que involucran el exceso, todo lo abarca el sentido común y las expresiones sociales.  


[3] Alfonso Reyes en Reyes, Alicia pág. 293.

[4] Carmona, Gisella. pág. 22.

[5] Reyes, Alicia. pág. 51.

[6] Ibíd. pág. 9.

[7] Ibíd. pág. 5.

[8] www.alfonsoreyes.org.

[9] Carmona, Gisella. pág. 22.

[10] Reyes, Alfonso. pág. 33.

[11] Ibíd. pág. 33.

[12] Ibíd. pág. 38.

[13] Ibíd. pág. 39.

[14] Ibíd. pág. 40.

[15] Ibíd. pág. 33.

[16] Ibíd. 

[17] Ibíd. 

[18] Ibíd.

[19] Alfonso Reyes en Reyes, Alicia. pág. 7.


Bibliografía:

Carmona, Gisella. El Vendedor de felicidad. Monterrey. Universidad Autónoma de Nuevo León, Instituto Cervantes, 2006.

Reyes, Alfonso. Cuentos. México. Oceano, 2000.

Reyes, Alicia. Genio y figura de Alfonso Reyes. Monterrey. Producciones Al Voleo-El Troquel, 1989.

Stanton, Anthony. Correspondencia: Alfonso Reyes y Octavio Paz (1939 - 1959). México. Fondo de cultura económica, 1998.

No hay comentarios:

Publicar un comentario