
El Mexicano Universal
Alfonso Reyes Ochoa
(1889, Monterrey – 1959, Ciudad de México)
El escritor, poeta y diplomático, Alfonso Reyes Ochoa, nació en Monterrey, Nuevo León, el 17 de mayo de 1889. Convence como crítico literario, creador de teorías para el conocimiento del lenguaje; filósofo de la lengua y de la vida, cuentista y dramaturgo. Sus padres fueron el general Bernardo Reyes y Aurelia Ochoa. Su padre ocupó importantes cargos durante el gobierno de Porfirio Díaz. Participó en el golpe de estado en contra del presidente Francisco I. Madero en 1913, conocida como la Decena Trágica, en la cual fue asesinado.
Alfonso Reyes realizó sus estudios en el Colegio Civil de Nuevo León y los terminó en el Liceo Francés de la Ciudad de México. Se inscribió después en la Facultad de Derecho, donde obtuvo el título profesional de abogado el 16 de julio de 1913.
Reyes ha sido llamado El Mexicano Universal por su monumental obra literaria, para orgullo de la patria, pero también por sus numerosas estancias en el extranjero. Muchos admiran su capacidad intelectual y su fecundidad en multiformes campos de la literatura.
Uno de sus cuentos más impresionantes es La cena, escrito en 1912. Vale la pena leer y releer este cuento, para encontrar todos los detalles escondidos entre cada línea. Al principio del cuento el narrador recibe una misteriosa invitación de dos señoras desconocidas: Doña Magdalena y su hija Amalia. Al sonar las nueve horas, se encuentra a la puerta de su casa. Nunca van a llegar a explicar el propósito de la invitación. Pasan al jardín, que resulta ser “un jardincillo breve y artificial, como el de un camposanto”, en la oscuridad se ven las “flores que muerden y flores que besan”. El narrador, que se llama Alfonso, igual que el autor, se queda dormido. Cuando Alfonso se despierta, escucha a las dos mujeres hablando de un “pobre capitán” que “lleno de ilusiones marchó a Europa”, al hacer estudios en una fábrica de cañones perdió la vista en una explosión. Después las mujeres trasladaron a Alfonso a la sala y le mostraron el retrato del capitán con el que se ve a sí mismo como un reflejo caricaturesco. Además, nota que el retrato está firmado con la misma letra de su invitación. Después huye a su casa, donde llega cuando aún suenan las nueve campanadas del reloj. La última frase del cuento dice, “sobre mi cabeza había hojas; en mi ojal, una florecilla modesta que yo no corté“.
Desde el principio del cuento todo el ambiente es como un sueño, más bien, una pesadilla: Alfonso está corriendo en calles pobladas de “serpientes de focos eléctricos” que “bailaban delante de mis ojos” y de relojes en los torres que “me espiaban, congestionados de luz”. Encuentra a las dos mujeres, como fantasmas, visibles más bien como siluetas o sombras vestidas de negro. Además el narrador tiene la sensación de un déja vu, “corría frenéticamente, mientras recordaba haber corrido a igual hora por aquel sitio y con un anhelo semejante”. Este hecho era similar con el momento de la repetición de las campanadas del reloj sonando las nueve horas, al principio y al final de la historia.
Las indicaciones autobiográficas son inconfundibles. El padre de Alfonso Reyes, quien fue general durante el Porfiriato, fue mandado a Europa, desde 1909 hasta 1911, para estudiar asuntos militares, y pierde allá la vista de su ojo izquierdo. Con esta perspectiva biográfica, podemos ver en el misterioso capitán del cuento La cena reflejos simbólicos de la figura de Bernardo Reyes. Además el narrador, Alfonso, se reconoce a sí mismo mirando el retrato del capitán.
El jardín que parece un camposanto, las mujeres vestidas de negro y la flor en su ojal que él no cortó, son elementos que indican un encuentro con la muerte, y estos pueden funcionar como una analogía con la muerte del padre de autor. También sería posible que el mismo narrador ha muerto en el jardín, y se despierta como un fantasma, corriendo por las calles otra vez, sin haber pasado cierto tiempo, y el ambiente está preparado como el de un entierro.
El cuento se puede ver como un precursor del surrealismo, con sus elementos de sueño, pero también se encuentran indicaciones del realismo mágico. Éste tiene el interés de mostrar lo irreal o extraño como algo cotidiano y común. Por ejemplo, el hecho de que el narrador se duerma durante su estancia en la casa de las dos mujeres, que ni siquiera conoce, es muy poco realista, pero está contado como algo normal y real. Así se funden las dos corrientes, la realidad y el sueño; la vida cotidiana y lo irreal.
El Mexicano Universal tuvo un gran espectro en su obra y su vida, mismo que continua hoy en día. Aun es el mexicano que ama su procedencia y que muestra en sus letras el poder del raciocinio con el que cambia la incertidumbre de su contexto. Determinó un complejo sistema literario al que actuales escritores han recurrido para abastecer las diversas poéticas que han cubierto a México hasta nuestros días,
La raíz profunda, inconsciente e involuntaria, está en mi ser mexicano: es un hecho y no una virtud. No sólo ha sido causa de alegrías, sino también de sangrientas lágrimas. No necesito invocarlo en cada página para halago de necios, ni me place descontar con el fraude patriótico el pago de mi modesta obra. Sin esfuerzo mío y sin mérito propio, ello se revela en todos mis libros y empapa como humedad vegetativa todos mis pensamientos. Ello se cuida solo. Por mi parte, no deseo el peso de ninguna tradición limitada. La herencia universal es mía por derecho de amor y por afán de estudio y trabajo, únicos títulos auténticos.
Hablar de Alfonso Reyes es persuadir a la realidad, trascenderla. Es trastocar elementos imaginativos en una enredadera de la visión. Esto determina que la creatividad del hombre no radica en las conjeturas que involucran el exceso, todo lo abarca el sentido común y las expresiones sociales.